viernes jun 01, 2007

La censura de los medios libres (o la lucha contra las cartas al director)

Leo dos periódicos al día.

Soy consciente de que el mundo está abandonando gradualmente el medio impreso y que, por tanto, admitir esto me convierte en una especie de dinosaurio. Pero lo cierto es que existen paralelismos de todo tipo entre el mundo de la prensa y el del software. Ambos sectores están atravesando un período de intensa transformación, lo que para algunos supone una catástrofe y para otros un sinfín de oportunidades.

Y ambos tienen muchas cosas en común: sin ir más lejos, los dos sectores dependen básicamente de escritores creativos (periodistas y desarrolladores).

Los periódicos tradicionales publican contenidos creados por sus empleados. Escritores y periodistas cuentan con categorías y credenciales, incluso con reconocimientos a la calidad y la integridad, tales como el premio Pulitzer. Los periódicos, en mayor o menor medida, incluso permiten a la plebe aportar su granito de arena (convenientemente filtrada) en la sección de Cartas al director, que suele limitarse a una página. Quienes no son profesionales pueden solicitar un espacio más largo donde expresar sus opiniones, pero esos escasos centímetros cuadrados de papel suelen ser coto exclusivo de ex presidentes del Gobierno (o ex presidentes del Banco Mundial). A grandes rasgos, más del 99% del contenido que se publica en los medios impresos proviene de los empleados, y menos del 1%, de la comunidad a la que sirven. El director tiene el control absoluto.

En el otro extremo nos encontramos con una gran diversidad de compañías que publican contenidos en Internet, tales como Craigslist, YouTube o Lokalisten, que agrupan y organizan contenidos creados por la comunidad global. Este material se conoce por el poco difundido nombre de "Contenido generado por el usuario" o UGC (User Generated Content), y las compañías que lo distribuyen se autodenominan empresas tecnológicas. La plantilla de estas compañías no produce contenidos, sino que desarrolla la tecnología necesaria para organizarlos y permitir el acceso a los mismos. El 99% de sus contenidos proviene de la comunidad global, y solo un porcentaje muy pequeño es obra de sus empleados. Totalmente a la inversa que el medio impreso tradicional.

Podríamos ponernos a discutir sobre cuál de los dos modelos es más respetable, pero no viene al caso. El mercado acuerda un valor mucho mayor a los sitios de agrupación de contenidos en Internet que a los medios impresos (basta con ver cuántos fondos de capital riesgo invierten en periódicos). Con los medios en línea, no hay que mantener flotas de camiones, ni adquirir rollos de papel de periódico de media tonelada, ni pagar a periodistas u operarios de las rotativas. Los medios en línea atraen, tanto demográfica como estadísticamente, a un público mucho más amplio durante sesiones más prolongadas. Lo que hace unos años era risible, se ha convertido ahora en un gran negocio, un negocio que produce ganancias reales.

¿Cómo responde una empresa del sector impreso a la amenaza de los medios en línea? Si no adquieren medios en línea, intentarán obtener una mayor colaboración de la comunidad en las versiones en línea de sus publicaciones impresas (mediante la opción de comentar artículos o creando grupos de noticias). Esto no siempre funciona todo lo bien que debiera, pero en la mayoría de los casos hay que reconocer que los lectores consideran que los contenidos creados por la comunidad son tan interesantes o incluso más que los contenidos de la empresa (yo mismo encuentro que la parte más interesante de mi blog son los comentarios). Lisa y llanamente, las cartas al director se han convertido en un material tan valioso como los artículos que las inspiran.

En esta tesitura, los medios tradicionales podrían probar otra táctica. Podrían demandar a las compañías de nuevos medios, las empresas tecnológicas de las que hablábamos antes, aduciendo que están arrebatándoles lectores mediante la infracción de las patentes en poder de los medios tradicionales. Cosas por el estilo de "¡Tenemos la patente del texto en columnas! ¡Y la de los anuncios por palabras metidos en recuadros! ¡Y la de los pies de foto! ¡Y también la de los titulares en letra grande!". Pero sería una demanda contra la comunidad, el equivalente a mandar a juicio a sus propios suscriptores, y supondría dejar de ser un director para convertirse en un censor. Y la censura de los medios libres es una petición especialmente extraña para aquellos que creen en la libertad de prensa. Pocos han seguido la vía judicial. La mayoría, aunque no todos, han evolucionado a través de la competencia, la adquisición de otras compañías, la reorganización o la reinvención. Los que no han logrado adaptarse han perecido merecidamente.

¿Qué tiene esto que ver con el sector del software?

Pues que este sector está atravesando exactamente la misma transición. Hace siete años, nuestros empleados crearon StarOffice y Solaris, por mencionar un par de productos clave de Sun. El código fuente de ambos estaba disponible bajo licencias restrictivas, pero nuestros ingenieros (ganadores del equivalente a un Premio Pulitzer) escribieron la totalidad del mismo. Con una contribución muy pequeña por parte de la comunidad. Por supuesto, prestamos atención a los usuarios (y a sus cartas al director), pero no les permitimos tocar el código (o maquetar la primera plana). Ejercíamos el control absoluto.

Y entonces, nuestro mayor rival se convirtió, a finales de los años 90, en un producto creado por una compañía que agrupaba y organizaba software de la comunidad del software libre. No tenían apenas contenidos propios, sino que se nutrían del equivalente, en el sector del software, al contenido comunitario: el software libre o de código abierto.

¿Podríamos haberlos demandado? Desde luego. Sun posee la cartera de patentes más valiosa y especializada de la Web (y sí, la utilizaríamos en el caso de Red Hat o Ubuntu si fuera necesario). Pero si hubiésemos demandado a la comunidad de código abierto habríamos obrado como un periódico que manda a juicio a los autores de sus cartas al director. En vez de ejercer la libertad de prensa, estaríamos practicando la censura. Quizás nos hubiese ido bien por un tiempo, pero no habría servido para zanjar la cuestión de fondo: el contenido creado por la comunidad estaba volviéndose más interesante para nuestros clientes que nuestro contenido profesional.

¿Qué hemos hecho desde entonces? Pusimos ambos productos y el código a disposición del público de forma gratuita, en forma de software libre, y centramos nuestros esfuerzos en unirnos a la comunidad de código abierto en lugar de luchar contra ella. En lugar de disminuir nuestros beneficios, esta acción atípica amplió las oportunidades de negocio, no en general, sino entre aquellos que ven el tiempo de inactividad como algo más costoso que una suscripción (otra palabra en común con el mundo de la prensa) a un servicio. ¿Necesitan pruebas? - Echen un vistazo a este "mashup", hagan clic en "Blank" (Vacío) en la esquina superior derecha para ocultar la imagen de satélite, y pregúntense si Sun podría haber logrado una difusión a semejante escala sin seguir la senda del software libre (la respuesta es un "no" rotundo). Y pregúntense también si toda esa gente que ha realizado descargas estaría interesada en otros productos de nuestra cosecha (la respuesta es "sí").

Pero más aún que Solaris, un producto en particular ha cautivado a usuarios de todo el mundo: OpenOffice, que pueden descargar haciendo clic en este botón.

He estado en todos los confines del planeta en representación de Sun, y vaya donde vaya, veo cómo la difusión de OpenOffice crece sin parar. Su creación, localización y difusión corre a cargo de una enorme comunidad, y puede encontrarse en compañías gubernamentales de Brasil, en bancos de la India y en institutos y universidades de Norteamérica y Europa. Estamos logrando grandes avances en China. OO.o está presente en centros de atención telefónica, hospitales, juntas y escuelas elementales y, gracias a su localización a escala mundial, existe en más idiomas que su (único) rival de importancia. Ha llevado la competencia a un sector en el que esta brillaba por su ausencia, y ha hecho posible la oportunidad de adoptar a escala mundial un formato de archivo estándar, libre de royalties y patentes, para el intercambio de documentos. El proceso ha alcanzado más recientemente a Noruega, y llegado el momento, estará en todos los confines del planeta en donde se propugne la libertad de prensa.

OpenOffice ha adoptado la filosofía del contenido generado por los usuarios, y se ha convertido en gran medida en un producto de las contribuciones de la comunidad. ¿Cómo ha beneficiado esto a Sun? Ha hecho mucho más que dar a conocer la marca en todo el mundo. Baste decir que recientemente entrevisté a un nuevo empleado de Sun que, aunque afirmaba no conocer muy bien la compañía, había escrito dos tesis doctorales sobre OpenOffice y había visto el logotipo todos los días durante años. Ha beneficiado a nuestros clientes, ha abierto mercados que habían permanecido cerrados a cal y canto, ha hecho que la productividad esté al alcance de millones de personas en todo el mundo, y, de este modo, ha aumentado el mercado para Sun y para otras compañías. La disminución del coste de productividad en 500 dólares por usuario ha causado un gran efecto en el sector de desarrollo de software (así como en las compañías desarrolladoras). En el software libre no existe la piratería.

Y sí, soy bien consciente de que nos queda un largo camino para devolver a SUNW a su pasado esplendor, y para conseguir que los beneficios y ganancias crezcan con más bríos. Pero la mejor forma de que lo consigamos consiste en seguir el camino del contenido comunitario, no en embarcarnos en pleitos contra él. Quienes se resisten a la transición a los medios libres están concediendo más valor a sus carteras de patentes que a sus clientes. Y ese no es el modelo de negocio que seguimos en Sun.

De nuevo, ya sea usted un profesor de una escuela pública de Pekín, un profesor universitario de Sao Paulo, un ingeniero de Varsovia, un investigador en la Antártida, un estudiante nigeriano, un empresario de Punay, un banquero de Singapur, un desarrollador noruego o un periodista al que le interese la libertad de prensa, le invito a tomar la palabra aquí mismo.

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